sábado, 21 de abril de 2012

Y todos callan (1 de 2)


La presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, ha expropiado ya la petrolífera YPF, filial de la española Repsol. Kirchner achaca la operación a la falta de inversiones del grupo español, del que dice que ha obligado a Argentina a importar productos petrolíferos a pesar de disponer de grandes reservas. Desde España, el Gobierno asegura que “allí donde haya una empresa española estará el Gobierno defendiendo como propios sus intereses”. La Comisión Europea también parece respaldar a España en este conflicto, espetándole a la presidenta argentina que “respete” sus compromisos con las inversiones extranjeras. De hecho, los Eurodiputados ya han decidido no asignar más ayudas a Argentina de aquí en adelante (y hasta que se les pase el mosqueo, imaginamos).

La noticia de la expropiación de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) no sorprende a muchos economistas, ya que en noviembre de 2011, Repsol anunció “el mayor descubrimiento de petróleo” de su historia en la zona argentina de Vaca Muerta. Desde entonces, las tensiones entre las petrolíferas extranjeras y el gobierno argentino han aumentado completamente, hasta llegar a este último punto. Y es que el petróleo se ha convertido en el auténtico símbolo de poder. La paradoja de este poder es, precisamente, que los países más desarrollados son los que más demandan de esta materia… A los países menos desarrollados, que son los que más cantidad de ésta poseen. Gracias a las diferentes exportaciones y a acuerdos especiales, los países menos desarrollados han conseguido grandes cantidades de dinero y que su PIB aumente considerablemente año tras año.

Sin embargo, los beneficios que los gobiernos extraen del petróleo no parece que vayan a parar a una mejora de sus Estados ni de la vida de sus ciudadanos. Un claro ejemplo lo encontramos en Brasil, que hace escasos meses encontró también grandes yacimientos del llamado “oro negro”. Brasil es uno de los países más empobrecidos de América. El vivo ejemplo de que tener recursos naturales no implica estar en los primeros puestos de renta per cápita ni educación o seguridad. De hecho, se sitúa en el puesto 84º del IDH (el Índice de Desarrollo Humano, un indicador social compuesto por la vida larga y saludable, la educación y el nivel de vida digno de un país). Mientras que en los barrios ricos brasileños la gente es poderosamente adinerada, los barrios de las favelas siguen dando noticias a diario por el tráfico de drogas y los asesinatos con armas de fuego. Idéntica situación sucede en Colombia, especialmente en la ciudad de Medellín. Las calles en las que se ubican las boutiques de Prada, Carolina Herrera y Chanel ocultan a los turistas más pudientes los barrios en los que el narcotráfico y las organizaciones paramilitares son tan frecuentes como darle a un vecino los buenos días.

Presidentes y ministros latinoamericanos se reunieron por última vez en 2011 en la XXI Cumbre Iberoamericana para tratar de hacer frente a la crisis que azota a nivel mundial y, además, incrementar sus medidas para alcanzar el Estado de Bienestar del que tanto se habla en Europa y, por supuesto, en Estados Unidos. El principal problema de esta cumbre fue la falta de consenso general para tomar ninguna medida en particular. Todo fueron buenas intenciones pero ninguna concreta sobre la mesa. Demasiados países que poco tienen en común, poco más que la lengua. Especialmente curioso resulta que uno de los principales puntos a los que sí llega la Cumbre es a “reconocer la nueva orientación del Programa Iberbibliotecas, que (…) permitirá apoyar (…) la construcción de políticas para el mejoramiento y la ampliación de bibliotecas públicas y populares”. Y también se firmaba para “instruir” con el fin de “apoyar a la Conferencia de Autoridades Cinematográficas de Iberoamérica” y ampliar así “el Fondo de ayudas a Ibermedia”.

Es evidente que han tomado el ejemplo de los países con economías más boyantes para cerciorar que, si el cine ayudó a los países más productores a volverse hegemónicos, por qué no a ellos. La apuesta por la cultura es firme. La base de una población competente y desarrollada es la educación y la formación de sus ciudadanos. Por ello, también la Cumbre Iberoamericana se centraba en “potenciar” la formación de los trabajadores de los Estados. Idéntica solución propone la fundación MUSOL (Municipalistas por la Solidaridad y el Fortalecimiento Institucional). En sus últimos informes sobre Mozambique y Somalia destaca principalmente la falta de un Estado fuerte que tome las riendas que les corresponden como tal.

MUSOL destaca que tanto Mozambique como Somalia son dos países con un gran potencial en recursos naturales, y que esto les ha hecho crecer su PIB (Producto Interior Bruto) casi un 6% anual desde los últimos ocho años. Sin embargo, la falta de un Gobierno que llegue a todo su territorio imposibilita acciones tan básicas como la construcción de un alcantarillado para las regiones rurales; o la recaudación de impuestos (fijados por ley), por la escasez de funcionarios. No le des un pescado, enséñale a pescar, dice un proverbio chino. Y con ellos nos entretendremos más tarde… Pero el proverbio es perfecto para volver a la base del problema en muchas sociedades en vías de desarrollo.

La ayuda externa que reciben, generalmente de fundaciones y ONG, se centra en problemas sanitarios y en una educación muy simple, enfocada a la lectura y al habla en niños y preadolescentes. Pero estas ayudas no suelen avanzar mucho más. Y los propios gobiernos no son capaces de desarrollar tampoco ningún otro plan. Esta falta de firmeza del propio Estado deriva en la mayoría de ocasiones en un aumento de la criminalidad o la clandestinidad. Las grandes compañías y empresas son reacias a invertir en estos territorios. Y, cuando lo hacen, abusan de una mano de obra poco cualificada y muy barata. Las pocas empresas que montan fábricas lo hacen a sabiendas de que en países más desarrollados no podrían (no les dejarían) tener ese tipo de personal y de condiciones. Pero callan. Y, mientras, los gobiernos –más bien los presidentes- se enriquecen, y la sociedad desarrollada calla también. ¿A dónde va a parar el dinero que dejan las grandes compañías en países de África o de Asia? Sin duda alguna, no va a los ciudadanos. Ni a las infraestructuras ni a la sanidad –si la tienen- ni a educación. Ni siquiera al ejército.

Pero lo que no veremos son presidentes pobres. No los veremos sucios o labrando. Ni montados en un carro tirado por animales de carga. Podremos contemplarlos mientras cazan, van de visitas en lujosos aviones y reciben a otros líderes políticos en palacios desmesurados. Buena prueba de ello son los jeques árabes. Y como para muestra un botón, el programa televisivo de La Sexta, Salvados¸ ofreció un reportaje, hace un par de meses, sobre Catar y la Qatar Foundation. En él se denunciaba que, a pesar de ser uno de los países más ricos del mundo (también gracias al petróleo y a las reservas de gas) es un país que esconde más que muestra. En efecto, Catar está en el puesto 37º del IDH (el Índice de Desarrollo Humano) y aumenta cada año su proporción. Pero gracias a que el Gobierno restringe la posibilidad de acceder a su nacionalidad incluso a los nacidos en el propio Catar. En este país se dice que los habitantes son millonarios. Plenamente ricos.

¿Pero por qué? ¿Qué le ocurre a Qatar? ¿Qué ocurre con el resto? ¿Qué reacciones toman ante esto los gobiernos? Mañana mismo lo sabréis porque, como habréis podido deducir del mismo título, este artículo está diseñado para dos tomas. Nos vemos mañana. De momento, reflexionad sobre lo que os cuento. Y, como siempre,

¡FELIZ DÍA DEL ODIO -1- A TODOS!

Roberto S. Caudet

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